
No recuerdo cuanto tiempo pasó desde que vi mi primer rally, tal vez porque creo que nací viendo rally. Pero para no exagerar, digamos que hace, al menos, veinticinco años que lo hago. Hoy, con la compañía de mis amigos por el rally, quienes alimentan este fervor, pude vivir el momento cumbre desde que recreo mi espíritu con esta pasión que nos une.
En una hermosa tarde de otoño, en un sublime paisaje pintado precisamente de otoño cordobés, en el paraje Paso Blanco, utilizando los últimos kilómetros del tramo La Cumbre - Agua de Oro, pude experimentar la sensación de subirme a un auto de rally, sentarme en la butaca derecha del Mitsubishi EVO IX del Tango Rally Team, confiarme en la calidad de un gran piloto y subir a velocidad rally, la cuesta de unos tres kilómetros y medio.
Ezequiel Campos, en un gesto que jamás olvidaré, fue quien me ha regalado la máxima y sublime alegría que se puede sentir como apasionado de este deporte y como las emociones fueron (y son) tan especiales, quiero compartirlas con todos ustedes.

La tarde comenzó cuando los
Amigos por el Rally de Córdoba nos juntamos para poder participar de las pruebas que el equipo había programado para poner a punto los autos con vistas al próximo rally de Carlos Paz. Luego de ver varias pasadas, por fin Ezequiel Campos me hace el guiño indicándome que era mi turno. Entrar a un auto de rally para quien no tiene la práctica y mucho menos un físico esbelto no es algo para tomar a la ligera. Por eso, recién luego de las contorsiones de rigor, pude estar sentado sobre y dentro de mi sueño. Un ayudante del equipo me indica como ajustarme los cinturones de seguridad, me dan el casco y al ponérmelo siento que se apagó el mundo… un inmenso silencio me invadió casi como invitándome a vivir cada uno de los próximos segundos que me esperaban. Al conectarme el intercomunicador el amparo aparece con la voz de Ezequiel quien comienza a darme las explicaciones de lo que estábamos prontos a hacer. Despacito el auto comienza a moverse. La ida iba a ser despacio, como reconociéndonos con el habitáculo, la butaca y el piloto. Ezequiel me habla de su pasión por correr autos y de lo difícil y caro que es… transmite tanta serenidad que por momentos la marcha se hace un paseo. Una vez abajo, a unos metros antes de cruzar el vado damos la vuelta y nos aprestamos a comenzar la mayor emoción. Ezequiel pone en funcionamiento toda la electrónica del Evo 9, lleva el régimen del motor a unas 5.000 vueltas aproximadamente y simulando una largada comenzamos a trepar. A partir de allí, bien lanzados y tras golpear mi casco contra la butaca, les puedo asegurar que todas las leyes de la física que conocemos desaparecen y todo lo que indica la lógica se transforma en un absurdo. La primer curva es a la izquierda y a ella llegamos en una larga primera marcha, pero de pronto lo que se ve adelante ya no es el camino sino el precipicio. El instinto hubiese indicado que debíamos rebajar la velocidad, sin embargo Ezequiel pone segunda marcha, hace golpear mi cabeza nuevamente contra la butaca y sin dejar de acelerar cruza el auto, el precipicio ya no se ve, pero ahora se ve el alambrado de la mano contraria, pero nunca el camino… No me pidan que explique como, pero entramos a la curva. No podía hablar, no lo podía creer, era mucho más que mi sueño. Después de tres o cuatro curvas, Ezequiel pregunta:
“Pablo, todavía estas acá???”… y es que no podía ni gritar… pero sus palabras me llenaron de coraje y entonces sí… me puse a gritar!!!
Seguimos enderezando curvas de una manera inentendible, les aseguro, para quien aún no ha estado arriba de uno de esos monstruos. Es que nadie podría comprender que, cuando la curva es a la derecha, pocos metros antes el auto apunta a la izquierda, nadie podría comprender que, salvo en un retome en el que se puso segunda, todo el recorrido -en plena sierra- lo hicimos en tercera y cuarta.

No se puede explicar con palabras lo que se siente llegar a una curva y ver delante del auto la montaña. La sensación de velocidad y vértigo es inmensamente mas fuerte y poderosa que lo que percibimos desde los costados del camino… recién a tres cuartos de recorrido me convencí de que mi piloto no estaba loco y que de allí en adelante, y si no le había errado hasta entonces, no le iba a errar más. Fue así cuando desclavé mis uñas de la butaca para poder darme cuanta que seguía tan firma gracias a los cinturones como desde en un principio, y de esa manera ver que adelante realmente estaba el camino y que solo era cuestión de esperar que apareciera… claro, cuando Ezequiel terminara de enderezar el auto. Pero ya en aquel momento todo estaba terminando. Llegamos a la base, me desaté solito, me saqué el casco y volví al mundo real poniendo pie en tierra, temblando de emoción y rogando que nadie venga a decirme que solo había sido un sueño.
Amigos, voy camino a los cuarenta y un años y quizás esté viviendo el pináculo de mi vida. Como muchos, esbozando un balance de lo hecho y de lo que queda por hacer, me encuentro con una plenitud que me hace sentir, con seguridad, cerca de la felicidad. Tengo una hermosa familia apuntalada y cimentada en mi esposa y dos hijas increíblemente maravillosas a quienes suelo hacerle regalos procurando dibujarles una inmensa sonrisa, esa sonrisa pura que solo encontramos en la luz del rostro de un niño. Bien… hoy en mi alma y seguramente en mi rostro, se volvió a dibujar esa misma sonrisa, hoy me sentí nuevamente tan feliz como cuando era niño.
Por eso GRACIAS primero a
Ezequiel Campos, a su papá Jorge, a todo el Tango Rally Team, especialmente a los que estaban esta tarde con nosotros allá arriba tal vez representados por el Dr. Rubén Garcia. Muchas GRACIAS a Lucas, Gabriel Z., Gabriel O. y Esteban, los únicos capaces de compartir y entender lo que se siente, al punto de haber podido ver en ellos también, una sonrisa similar a la que imagino tuve yo. GRACIAS por que estuvieron, me esperaron, me siguieron y alentaron y GRACIAS a todos mis
Amigos por el Rally porque en cada uno de ustedes encuentro el alimento de mi pasión.
Hoy me sentí feliz…
PABLO LAPENTA